A veces la vida se me presenta como una hipoteca de plazos eternos.

Y esta noche pasan de nuevo una letra. Idéntica a la anterior. Idéntica a la primera.
He perdido realmente la cuenta de cuantas llevo ya. De cuantas noches pasando por caja. De cuantas veces habré repasado los intereses de esos malditos recuerdos que no me dejan apenas llegar a fin de mes.

Retrasaba aquellas citas cuanto podía. Procuraba estar enfermo o alargar una reunión imaginaria con mi representante. Todo por no tener que verte sentado a la mesa con ella, abrir el vino con ella, y quedarte –cuando acababa la noche- con ella. Me hice un experto en excusas para ir al baño o atender el teléfono, mi maestría llego incluso al límite de aprender a encender un cigarrillo –yo, que odio el tabaco- solo porque entendí que las lágrimas se esconden mejor tras el humo.

Y siempre salía de allí  con el convencimiento de no volver a dejar que me tratases así, con la idea de no volverte a dedicar un solo segundo de mi vida si no era yo el único que existía en ella.

Podía pensarlo cuantas veces quisiera que un minuto después el teléfono sonaba y mis intenciones volvían a ser nada.

Y una vez más te daba todo cuanto tenía a cambio  de unas pocas horas atado a tu espalda. Y cuando me despertaba con el ruido de la puerta al irte, volvía –otra vez- a jurarme que nunca más.

A vomitar la cena, el humo del cigarrillo,
las lágrimas y estas malditas ganas de ti.

Tenía la esperanza de ser el último. Quizás el más original. Pensé que era algo entre tú y yo hasta que nos cruzamos una noche de poco sueño y demasiados recuerdos.

Me contó que ni siquiera estaba delante del ordenador cuando le hable, que lo había puesto para sentirse un poco menos solo. Como si eso fuese posible, añadió.

Se acordaba de todas las noches que lo había visto aparecer en aquella ventanita de la derecha, y como se había ido haciendo, -él, que jamás había tocado un ordenador- con aquel trasto inútil. Pensaba en las mil sensaciones que le producían aquellas conversaciones, en las primeras madrugadas en las que no podían salir de casa y en lo que reconfortaba poder decir te quiero en aquella difícil situación.

Y como después de perderle a él y de perderlo todo paso meses delante de aquella pantalla con la irracional esperanza de que, en algún minuto de su insignificante existencia, podía volver a verle entrar.

Y fue ahí cuando él y yo empezamos a hablar con frecuencia y le veía conectarse puntual a una hora que el mismo se había impuesto respetar. Y un día llego tarde a su cita consigo mismo y me contó –como si de una gran derrota se tratara-  que había perdido su jersey…Le pregunte por la importancia de aquella prenda pese a que sabía a quién había pertenecido.

Me contó que aquello suponía perder lo poco que le quedaba de él, de su pareja. Que todavía era capaz de notar su olor y que cuando lo miraba se veía así mismo reflejado meses atrás, en el cristal del coche, enamorado como nunca en su vida, mientras lo miraba a él dormir camino de Madrid.

Hoy sé que mientras le escuchaba explicarme, era incapaz de comprender el significado real de todo aquello. Hoy sé que en realidad lo único que me faltaba era estar escribiendo de madrugada con un jersey tuyo resguardándome del frío. Un jersey que también huele a ti, que me recuerda a diario que te quiero y que me quisiste, que un día nuestros caminos se cruzaron y que, pese al naufragio fue nuestra tabla de salvación.

 

 

 

 

Por primera vez en dos años no me he levantado con la sensación de tener que echar a correr. Me he despertado y estaba en medio de la cama, y no en el lado izquierdo guardándote como siempre el derecho por si volvías. Y he sonreído, y he pensado en Martina y en las mil cosas que quiero enseñarle, en las otras mil que quiero contarle de ti y sobre todo en cómo hacerlo para que lo entienda DE VERDAD.

Llevo todo el día con la sonrisa en la boca, la de verdad, la que me sale sola y no me tengo que poner porque en realidad ya viene puesta.

Has vuelto a hacerme feliz, a mover los hilos como tú solo sabes. Me prometiste que seriamos felices y que la criaríamos juntos. Que sería nuestra. Y no has faltado a tu palabra. Has esperado con paciencia, tranquilo, hasta que he sido capaz de soltar ese último lastre. No se puede criar a una niña si no eres capaz de cuidarte a ti mismo. Si no eres capaz de hablarle de su padre sin que se te marque el dolor en la cara.

La princesa se lo merece todo.

Nunca fui el más rápido del equipo. Quizá porque uno cree correr porque se mueve deprisa, como quien cree que vive porque está respirando. Quizá hasta entonces no había tenido la necesidad de correr de verdad y pese a cargar con todo el peso de la incertidumbre, tras su llamada volé hasta el hotel.

Mi memoria, tan radical como de costumbre, no entiende de términos medios y pese a que sé a ciencia cierta que en aquellos dos minutos escasos la vida me paso por delante, no recuerdo absolutamente nada. En cambio, el resto de la tarde es una película nítida que vive en mi memoria, reproduciéndose día a día desde hace hoy dos largos años.

Así que ahora es el momento. Durante este tiempo he malvivido sacando una a una, pequeñas espinas que no me dejaban vivir. Y he abierto una caja de sueños, y he ido a un reino en busca de un príncipe azul… Y hoy es el momento de sacar esta, quizá la más intensa, la que más duela, pero serán dos años; Dos años y ni un día más.

No he conocido ningún mal recuerdo que sobreviva a la luz de ser contado.

Así que, aquí voy…

No me hizo falta abrir la puerta para saber que no estabas bien. Algo me lo repetía sin parar. En la sien, en el pecho, en el estómago en cada parte de mi cuerpo. Recuerdo que pensaba una y otra vez que aquello no era real, que me despertaría enseguida. Cuando me convencí de que era lo que había, concentre mis fuerzas y mis esperanzas en volverte a oír, en verte levantar  y que salieses de allí. Pero tampoco…Así que me senté  en el suelo, apoyado en el mueble que hacía de cómoda  y cogí tus dedos igual que tu solías hacer conmigo. Hasta que dejaron de moverse, hasta que el medico paro…

Recuerdo el grito de Iván, suplicándole hasta ahogarse que siguiese intentándolo. Y como Moisés se tiró al suelo pidiéndole que no se fuese…Y enseguida móviles sonando, y puñetazos en las puertas y como hubo que abrir la ventana porque llego un momento que el aire dolía.

Solo deje de ver aquello como una película en la que yo no tenía nada que ver cuando David se agacho y me abrazo separando mi mano de la suya.
Me levante y pedí por favor que se marchase de allí todo el mundo. Pese a la negativa de muchos al final accedieron. Con una tranquilidad que ahora quizá me sorprende, cerré la puerta y preparé cuidadosamente sus cosas. Normalmente era yo quien siempre terminaba de hacer su maleta así que más por instinto, esa noche sucedió también así.

Deje todo ordenado encima de la cama. Me tumbé a tu lado, en el suelo, pase tu brazo por mi espalda y me apoye en tu pecho. Y allí entendí lo que significaba la palabra vacío y la palabra silencio.

Y deje que sonase esa canción maravillosa de Ismael y te hice un resumen rápido de todas las cosas que quería decirte cuando teníamos la vida por delante, cuando aún tenía castillo y cuento, cuando aún pensaba envejecer contigo…

Todo pasó deprisa. Apenas veinte minutos para recapitular una vida, para encontrar todas esos pequeños trozos de felicidad que, en nueve años habíamos logrado reunir. Y me di cuenta que teníamos un cuadro enorme de matices que nadie entendería y que a ti y a mí no nos importaba lo más mínimo.

Habíamos sido felices y eso nadie, absolutamente nadie nos lo podía quitar. …”And I did it my way” ¿Recuerdas?

Te di un beso, el último. La puerta ya había sonado un par de veces. Te pedí ser feliz por encima de cualquier cosa allí donde fueras. Y sobre todo te hice prometer que me ibas a esperar porque desde entonces solo viviría con una ilusión: volver a verte.

Cerré la puerta sin mirar atrás.

Sin una sola lágrima…

http://www.youtube.com/watch?v=ULgFbLhO7j8&feature=related

http://www.youtube.com/watch?v=vU5WdpL0j0s&feature=share

–          Te voy a enseñar porque me gusta tanto ese sitio, decía señalando el mar, el puerto, o yo qué sé.

–          ¿Y tiene que ser ahora? Pronto volverá a llover y no tenemos paraguas…

Me agarró del brazo sin darme tiempo para seguir protestando. Se había pasado la mañana lloviendo y como pude conseguí que una hora antes saliese del barco para que al menos se secase y comiese tranquilo en el bar.

Había aceptado a regañadientes, y yo sabía que tratar de mantener una conversación con él así era una pérdida de tiempo. Solo respondía con monosílabos, sin dejar de mirar al mar por la ventana.

–          Debería estar prohibido que lloviese en Verano, pero…ahora saldrá el sol.

Fue la frase más larga de toda la comida y ni siquiera me la decía a mí. Era una conversación entre él y el mar. Como siempre.

Ojala se secase, pensé. Ojala un día se evapore y pueda despertarme un domingo a su lado, o comer solos, o yo que se…

–          ¡¡Por fin, vamos, date prisa!!

Acababan de traerme el café y salimos de allí corriendo.  ¡Quédate con el cambio, Guzmán! Y el bueno de Guzmán se reía…

–          Hola amor, vuelvo en seguida, voy a enseñarle a “este celoso” una cosita, le dijo a su barca.

Me indigné por supuesto. A mí no me había casi dirigido la palabra en toda la mañana y a un trozo de madera la llamaba amor. Increíble.

–          ¡Mira!

–          ¿Qué? ¿Un charco?, es broma ¿verdad?

–          No es un charco cualquiera, es un charco en forma de corazón. Cuando llueve no se ve, pero él está ahí, formándose. Y cuando sale el sol y todas las demás gotas se han ido, allí aparece él, mojado y claro.

De  niño tenía la curiosa manía de meterme en ellos aunque, en realidad hoy veinte años después sigo con ella. Así que me fui a por este con todas mis ganas. Hasta que me frenó de una voz…

–          ¿¡¡A dónde vas!!? Si lo pisas, deja de ser un corazón, y sería un charco cualquiera. Un charco roto.

Hoy, cinco años después, el corazón sigue allí. Aún no lo he pisado. He llegado incluso a quererlo, a pasar por delante suyo y decirle lo bonito que es. Aunque nadie le vea ni le reconozca, aunque solo yo me alegre de poderle sonreír a ese corazón, a ese precioso corazón de agua, solitario, perenne, y eternamente mojado.

Un príncipe azul en el Albert Hall

http://www.youtube.com/watch?v=Q5uKa1bDtsk

Enero. Puerto de Barcelona. Sobre cuatro o cinco grados. Imposible contener el frio.

La brisa del mar se adentra en los huesos.

Me miras y te ríes de verme allí tiritando, incapáz -según tú- de aguantar nada.

Lo cierto es que, como siempre, no solo tiritaba de frío.

Me pides que cierre los ojos y abra las manos.

Después de mirarte el tiempo suficiente como para que supieses que no me fiaba un pelo, accedí.

En una pequeña bolsa una piedra. Verde color mar, según yo, color “mis ojos” según tu.
La habías encontrado unos días atrás buceando y la guardaste hasta dar con su significado.
Amazonita. Cariño. Pausa. Amor. Sosiego. Recuerdos.

– ¿Me estás regalando una noche juntos?

Los dos queríamos, los dos dudábamos. Los dos sabíamos.

– Quizás…

Los dos, pero yo no.

Salimos de aquel puente de madera y enfilamos la avenida hasta llegar a casa.

En la puerta, mire mi piedra, lo abrace, le di las gracias.
Y no se exactamente que tiempo estuvimos así, abrazados, llenos, en silencio, sin espacio ni tiempo.
Sin un solo pensamiento.

– ¿Subes…?

Los dos sabíamos, pero yo no.

Mi pelo se enredo en sus dedos, sus manos en mi cuerpo;
Nuestros ojos se miraron cerrados, concentrados en no dejar escapar ninguna sensación.
Despacio, despacio. Muy despacio.

Los dos sabiamos. Pero yo no.

Yo solo sentía. Un pantalón manchado, la piedra en la mesita de noche. 
La luna curiosa nos miraba desde el alto. Y siguió así, durante setecientas treinta noches, caprichosa al alba.

En la setecientos treinta y una, la piedra se rompió. Y el alba se retiró en la noche, llevándose su magia con sus

pedazos de cristales verdes, estrellados en miles con los miles de sueños rotos.

Los dos, los dos sabíamos.

Pero fue entonces cuando yo supe.

Él, no.

Reconócelo de una vez chico duro, durante mucho tiempo fui más inteligente que tú. Quizás eso te dio el papel libre, el del chico despierto, seguro de sí mismo, dueño de la vida y de sus cambios. Pero aun con eso, te conocía mejor que tú mismo.

Conocía tus manías, tu forma de hacer las cosas, tus porqués. Sabía que eras incapaz de decirme a la cara ciertas cosas precisamente porque salían de un lugar que, por más que te lo proponías, no podías controlar. Así que te dejaba hacer…

…Y cuando pensabas que dormía, que me tenías a muchos kilómetros de allí, te sentías seguro para acercarte a mi oído y darme una a una, despacio, todas las razones por las que me querías.

-“Duermes y te amo, no se me ocurre mejor manera de pasar la vida”, me dijiste una de esas últimas noches.

Por eso anoche, cuando escuche tu voz al fondo de la habitación, el instinto me llevo a cerrar los ojos para no distraerte. Quise retenerte allí. Volver atrás y que no hubiese otra forma de pasar el resto de mi tiempo.